Opinión

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Los clubes tienen que pedir más

la trampa histórica de ser la rueda de auxilio del estado en los difíciles momentos y tener que conformarse con bolsones de comida.

Por: Ezequiel Juaristi
23 de agosto de 2020

El COVID-19 evidenció el rol social de los clubes de barrio. Las innumerables ollas populares, el acompañamiento en jornadas de entregas de frutas y verduras, reconvertirse en centros de vacunación y otras tantas actividades más encontraron en las instituciones deportivas-sociales a una rueda de auxilio central en la pandemia.

Fuimos testigos, mientras tanto, como desde lo discursivo se las enalteció no solamente por los medios de comunicación sino también por diversos dirigentes del arco político del país. Por propios y por extraños.

De todos modos dentro de esas jornadas vimos reflejada una realidad que contrasta con ese valor que tienen y ahí es donde surge la primer pregunta. Si esta demostrado que los clubes cumplen en infinidad de casos el rol que debería tener el estado, ¿Por qué el estado no asegura las condiciones básicas que debería tener una institución?

El romanticismo que existe con los clubes e instituciones deportivas provoca que desde antaño hayan sido puestas en un pedestal. Ese posicionamiento es lógico porque justamente en cada barrio o ciudad les permiten a chicos, grandes y adultos mayores compartir un ámbito no solo en el que se realizan diversas prácticas deportivas sino también sociales.

Vimos también como en plena pandemia se pusieron el equipo al hombro y corrieron riesgos de contagio. Pero no solamente esos fueron los riesgos que se corrieron, sino que además desde lo logístico y estructural fuimos testigos de conexiones de gas peligrosas con garrafas amontonadas y apelando a la suerte para que no ocurra una tragedia.

No sucede en todos los clubes, no es la generalidad, pero si en algunos.




Esos clubes además de pedir por una mejor política tarifaria, ¿no deberían pedir que se les provea de servicios esenciales y que hoy en día son utilizados a diario por cumplir también la función de ser comedores, merenderos y muchas veces principales proveedores de alimentos a chicos y adolescentes?.

¿Ese romanticismo no provoca que haya una suerte de "te felicito, te enaltezco, te doy un poquito, pero hasta ahí llego"?

Esa precariedad hace recordar inmediatamente el descuido que tuvo el estado para con la Escuela N°49 de Moreno en la que fallecieron Sandra Calamano y Rubén Rodríguez a causa de un escape de gas y posterior explosión.

Sandra y Rubén murieron por la desidia estatal con Maria Eugenia Vidal a la cabeza.

Hoy a dos años de aquella negligencia hay instituciones que deben pedir y ponerse fuertes sobre los derechos que merecen por ese extraordinario cuidado que hacen a niños y adultos.

¿Alguién se puso a pensar en el desastre que ocurriría si en una institución deportiva a la hora de una merienda o un desayuno explota una garrafa por una mala conexión?

La importancia de los clubes en Argentina es incontrastable. De todos modos no es el único país donde los hay. Tampoco es el que tiene esa cantidad per capita. Ni siquiera en el que el estado apoya sus políticas deportivas. Sí probablemente es el único en el que esas instituciones tienen que tirar el centro y cabecearlo a la vez. Sí probablemente es la excepción porque no solo se deben abocar a lo deportivo, sino también a ser un espacio social y de alimentación.

El rol de un estado que enaltece desde lo discursivo se queda corto. Ese que da migajas también. Una política deportiva seria tiene que proveer las herramientas necesarias para que al menos no tengamos dudas sobre la ocurrencia de una tragedia.

Es un tiempo en el que el estado nuevamente se hace presente.

Es un tiempo en el que los clubes tienen que dejar de lado ese romanticismo constante y que eso se transforme en obras y estructuras serias para que el día de mañana no sean el espacio de una tragedia como la de Sandra y Rubén.

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